Los comienzos, y más cuando es en una profesión, siempre son duros.
Aunque hay épocas que son mejores o más propicias para empezar en el mercado laboral que otras, no creo que haya una época en la que empezar sea realmente fácil.
Y bueno, hay situaciones en las que realmente no es que sea fácil, sino que es bastante complicado.
Esta reflexión (quizás algo obvia) te la estoy contando desde Faro, Portugal.
Aunque te la podía haber contado desde Córdoba, Barcelona, Menorca, Sofía (Bulgaria), Tarragona, Viena (Austria), Toulouse (Francia) o Madrid, que son muchos de los sitios que he visitado en el último año.
Desde que soy desarrollador Freelance.
Si me pongo a analizar en la situación que me encuentro hoy, la verdad, no me puedo quejar.
Muchos me dicen que vivo no bien, sino muy bien.
Porque me ven trabajando desde casa (remoto), eligiendo mis proyectos o clientes y con tiempo para otras cosas.
Aunque ojo, esto último no siempre, que el ser tu propio jefe también tiene su parte oscura.
Pero bueno, lo que no todo el mundo sabe es que mis comienzos no fueron para nada así.
Fueron mucho más confusos y duros.
Igual no lo sabes, pero mi camino no fue una línea recta. Si te lo resumo, se vería algo así:
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En 2018, empecé como programador freelance.
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En 2019, combiné mis proyectos freelance con mi trabajo como maestro de Educación Primaria.
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En 2020, el síndrome del impostor me pegó tan fuerte que decidí estudiar un Grado Superior de Aplicaciones Multiplataforma. Tenía conocimientos de sobra, pero necesitaba que un papel validara lo que yo sentía que me faltaba.
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En 2022, tomé la decisión que lo cambió todo: dejé el mundo freelance y el de maestro para irme a trabajar a una consultora en Francia (y bueno, a tener un golpe de realidad con el mercado laboral y lo que es trabajar en una empresa)
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En 2025, tras haber absorbido todo de esa etapa y haber trabajado en proyectos inmensos para gigantes como Airbus en Toulouse, volví a ser 100% freelance.
Y es en ese primer salto, entre el freelance de 2018 y el empleado de 2022, donde cometí el mayor error técnico de mi vida.
En 2018, tenía claro que me quería dedicar al mundo del desarrollo.
Había aprendido de manera autodidacta a programar con 14 años y ya tenía más de 6 años de experiencia por mi cuenta con PHP y desarrollo de WordPress.
Lo tenía claro, pero también le tenía verdadero miedo a esa dureza inicial del mercado laboral.
A no tener un título oficial, a no tener experiencia demostrable y a las pruebas técnicas donde te desnudan los conocimientos y al síndrome de ser “el Junior” de la oficina.
Así que, por casualidades de la vida, tras presentarse un par de proyectos “gordos” de WordPress para hacer como freelance, vi el camino fácil y me tiré de cabeza: decidí que iba a ser mi propio jefe desde el día uno.
Tenía proyectos que pagaban bien (bueno, hoy siendo objetivos ni levantaría la tapa del portátil para hacerlos).
Pensé que había hackeado el sistema ya que me salté las entrevistas de trabajo, a los Tech Leads exigentes y las jerarquías.
Trabajaba solo y mi única prueba de fuego era que el cliente (que no tenía ni idea de código) viera que la web funcionaba.
Entregaba los proyectos, cobraba, y la pantalla no daba error 500.
En mi cabeza, yo era un crack. Un desarrollador hecho a sí mismo.
Hasta que llegó 2022.
Ese año, tras compaginar el trabajo freelance con unos años de docencia, decidí que quería ir más allá.
Dejar los típicos proyectos de WordPress y trabajar en proyectos grandes y reales.
Proyectos en los que me podía sentir realizado (cosas de hacer solo landings en WP).
Así que dejé esa burbuja en la que vivía y entré a la consultora en Francia y me integré, por primera vez, en un equipo de desarrollo de verdad.
Y ahí me llevé la mayor bofetada de realidad de toda mi carrera.
Mi primera semana me asignaron un ticket.
Escribí mi código (exactamente igual que lo hacía en mi casa), abrí mi primer Pull Request de la historia, y me fui a por un café sintiéndome intocable.
Al volver a mi sitio, vi la notificación de mi compañero más Senior.
Había decenas de comentarios en rojo destrozando mi código:
“¿Por qué haces una consulta a la base de datos dentro de este bucle?”
“Este controlador tiene demasiadas responsabilidades, sácalo a un servicio.”
“¿Dónde están los tests?”
“Esto no va a escalar cuando entren 1.000 usuarios de golpe.”
Sentí que me hervía la sangre, pero sobre todo, sentí una vergüenza terrible.
Ahí me di cuenta del precio que había pagado por tomar el camino fácil en 2018.
No era un buen programador.
Era un solucionador de problemas con años de vicios acumulados, que dejaba un rastro de deuda técnica en los proyectos.
Como había estado solo todo ese tiempo, mis malas prácticas eran mi estándar.
Como nunca tuve a nadie por encima, carecía de humildad técnica.
Al evitar la dureza de empezar como el novato de una empresa, me había privado del mayor acelerador profesional que existe: aprender de los errores de gente que sabe más que tú.
La ventaja de empezar tu carrera en una empresa
Aquel equipo en Francia me enseñó a base de palos (y muchísima paciencia) lo que significaba de verdad la ingeniería de software.
Tragarme el ego y sentarme a aprender de los que sabían más que yo me dio unas ventajas que jamás habría conseguido por mi cuenta:
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Entender el impacto del tráfico real: en mi casa, mis proyectos los usaban 10 personas al día. En la consultora, vi lo que pasa cuando entran miles de usuarios de golpe. Aprendí sobre sistemas de caché, race conditions y por qué una mala consulta a la base de datos te puede tirar el servidor entero en segundos.
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Escribir código para humanos, no para máquinas: como mis compañeros tenían que revisar y mantener mi trabajo, aprendí a nombrar variables con sentido, a aplicar principios SOLID y a separar responsabilidades. Descubrí cómo escribir realmente código limpio sin tener que leerme un libro.
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Flujos de trabajo y despliegues seguros: adiós a subir cosas a lo loco al repositorio. Me enseñaron a usar Git en equipo, pipelines de Integración Continua (CI/CD) y a hacer despliegues automatizados donde nadie tenía que cruzar los dedos y rezar para que producción no explotara.
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Arquitecturas a prueba de balas: me pasé horas y horas leyendo los repositorios de mis compañeros con más experiencia. Descubrí cómo aplicaban patrones de diseño para construir sistemas modulares que no se caían a pedazos cada vez que el cliente pedía un requerimiento nuevo. Cosas que en mi burbuja de freelance habría tardado una década en deducir.
Esa experiencia, esas horas leyendo código ajeno y entendiendo arquitecturas complejas, fue la que, tiempo más tarde, me permitió enfrentarme a la bestialidad técnica que es trabajar en proyectos para Airbus y sentirme cómodo con ello.
Entrar a repositorios gigantescos con estándares estrictos ya no me daba miedo, porque me habían enseñado la habilidad más importante de todas: a leer, entender y respetar el código a nivel profesional.
El retorno al mundo freelance (esta vez, de verdad)
Y es exactamente esa madurez técnica la que me permitió en 2025 volver a ser 100% freelance, pero esta vez por la puerta grande.
Ser freelance ahora no tiene absolutamente nada que ver con la ruleta rusa que era mi vida en 2018.
En mis inicios, mi supuesta libertad y el valor que aportaba a un cliente era una ilusión.
Hoy, cuando un cliente me contrata, no le vendo líneas de código: le vendo ingeniería y tranquilidad.
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Duermo tranquilo: monto los proyectos con una arquitectura sólida desde el primer commit. Configuro mis propios pipelines (CI/CD) y puedo hacer un despliegue a producción un viernes desde una cafetería en Viena sin que me suden las manos.
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Mantengo sin sufrir: si tengo que retomar el proyecto de un cliente seis meses después, mi código está estructurado y limpio. Ya no me dan ganas de llorar al leer mis propios archivos.
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Hablo de tú a tú con los grandes: haber pasado por una empresa y haber tocado código de gigantes como Airbus me dio el criterio para saber decir no a malas decisiones de producto y poder justificarlo. Ahora hablo el mismo idioma que los Tech Leads de mis clientes.
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Tarifas de Senior: ya no cobro por hacer una web, cobro por diseñar soluciones escalables que no van a dejar tirado al cliente cuando su negocio crezca. Y eso se paga (y se valora) muchísimo mejor.
Por eso hoy puedo viajar por Europa y escribirte desde Faro con una paz mental absoluta.
Esa libertad idílica que buscaba en 2018 no me la dio el hacerme autónomo. Me la dio haber aprendido en una empresa.
La moraleja de mi historia
No me malinterpretes. La vida que tengo hoy, viajando y eligiendo mis proyectos como freelance no está mal.
No es lo idílico que muchos piensan, pero eso da para otra entrega de la newsletter.
Si quieres ser freelance, no te quiero desanimar.
Simplemente advertirte que si quieres ser un desarrollador sólido, es un estilo de vida que debes desbloquear después de haber pasado por las trincheras de trabajar en una (o varias) empresas).
Ser freelance no es algo que te aconseje para los inicios de tu carrera profesional.
¿Puedes hacerlo? Claro, pero te vas a perder un crecimiento profesional bastante grande.
Nos vemos en la próxima entrega.
Julián
Publicado originalmente en CERO a SENIOR.